“Que su nombre se asocie a la decencia periodística”, aconseja Javier Moreno Barber, ex director de El País

Discurso íntegro del periodista Javier Moreno Barber, ex director del diario El País, en el cierre de la ceremonia de graduación del diplomado de periodismo del Tec de Monterrey y FEMSA

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El periodista español Javier Moreno Barber cerró con una conferencia magistral la ceremonia de la doceava generación de graduados de nuestro diplomado “El Periodista de la Era Digital como Agente y Líder de la Transformación Social”, este fue su discurso.

Generación 2022, diplomado.

Por Javier Moreno Barber

Estando aquí hoy, ante ustedes, no puedo evitar recordar las emociones cuando justo hace 30 años acabé una maestría en la Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que hoy soy director, precisamente, y que me hizo dar un salto gigantesco de la química, que era la profesión que yo ejercía al periodismo. En mi caso, tras dejar la escuela en el 92, fui redactor de la sección de economía en El País, jefe de redacción aquí en México, una redacción primigenia pero que fue el embrión de lo que es ahora la sección de América. De ahí mi pasión por México, por América por este continente. Cuando volví a Madrid fui redactor internacional, jefe de economía, corresponsal en Berlín, que era mi sueño, director económico del periódico Cinco Días, y luego en rápida sucesión subdirector de la edición dominical, director adjunto y director de El País durante ocho años. Tras unos años fuera volví a aceptar primer volver a México, como responsable último aquí en América y luego volví a dirigir El País por segunda vez. Cuento esto solo para resaltar lo siguiente:

En estos 30 años he vivido en primera línea las vicisitudes que han azotado a los medios de comunicación, a los periodistas y al oficio en sí. La desaparición de los modelos de negocio tradicional, la irrupción de internet, las plataformas, las redes sociales y la transformación profunda que a consecuencia de ella ha sufrido el paisaje de la comunicación. Todos estos partos han sido dolorosos. Medios de comunicación que han desaparecido, ingresos publicitarios que se han esfumado.

Cuando yo asumí la dirección en el 2006 del periódico El País, en 2006, solo en publicidad ingresaban 380 millones de euros; cuando dejé la dirección del periódico después de 8 años apenas ingresábamos solo por publicidad 87 millones de euros. Imagínense la tragedia que supone eso para hacer el periódico, para mantener las condiciones salariales y las coberturas. Decenas de miles de parodistas en todo el mundo que perdieron su trabajo en aquellos años, la precarización tanto en salario como en condiciones o de aquellos que ingresaron a la profesión desde entonces, seguramente muchos o algunos de ustedes.

Javier Moreno Barber
Javier Moreno Barber, conferencia magistral en la ceremonia de graduación de la generación 2022

Y no fueron pocas las angustias a lo largo de ese camino pero siempre creímos una salida. Algunos pocos grandes medios globales les va, nos va bien en ese aspecto, la mayoría sin embargo todavía está luchando y buscando el modelo de negocio, la forma de cumplir su contrato con la sociedad. Ofrecer la forma imparcial la información imparcial que la sociedad necesita. Pero durante este largo proceso de adaptación a las nuevas exigencias académicas y nuevo modelo de negocio creo que dimos por sentado algo que no deberíamos de haber dado por sentado porque constituye el eje fundamental sobre el que se erige el oficio fundamental del periodista: la confianza de los ciudadano

Y creo que desde los periódicos… Y entiendan esto que voy a decir casi como una confesión, es la primera vez que lo digo desde que dejé la dirección de El País y estoy al frente de la escuela y me siento con más libertad de hablar… Es la primera vez que lo formulo de esta manera: creo que dimos por sentado algo que no debimos haber dado por sentado, que es la confianza de los ciudadanos.

Nos han sobrado discurso triunfalistas. Hemos presumido de los millones de lectores o espectadores, radioyentes que acuden a nuestros medios, descargan nuestros pódcast, descargan nuestras noticias, pero con toda seguridad no le pusimos tanta atención a cuánta confianza nos tenían los ciudadanos. Y esa confianza en los medios de comunicación se está desplomando de forma vertiginosa en todo el mundo. Hay muchos informes, pero hay uno del Instituto Reuters, de cuyo consejo asesor soy miembro, que dice en una medición en más de 44 países que menos de 4 de cada 10 personas, exactamente el 38 por 100, confían en lo que dicen los periodistas. En algunos de esos países la confianza cae a un ritmo de más de dos dígitos.

¿Cuál es la razón de que la confianza en el periodismo se esté evaporando?

Esta cuestión me ha estado preocupando de forma intensa desde que dejé la dirección del país. Al alejarme del ejercicio directo de la profesión he podido ver algunas cosas con cierta distancia y con seguridad he ganado espíritu crítico. Yo quiero aportar mi cosecha personal, fruto de mi reflexión de los últimos meses. Por supuesto que lo que digo no aplica para todos los periodistas en la profesión. Siempre ha habido periodistas honestos, gente esforzada en dar lo mejor de sí mismas y no en pocas áreas del mundo. Ejercer el periodismo exige buenas dosis de valentía y los muchos periodistas asesinados son la triste prueba de ello. No piensen que lo que les voy a contar algo que vaya empañar su vida o su muerte, al contrario, es un humilde aporte a la expiación de que forma colectiva les debemos y nos debemos, también a los ciudadanos.

Diplomado de periodismo 2022

“Hemos sido muy poco autocríticos”

En los últimos 20 años, y yo comencé a dirigir el país en 2006, los periodistas hemos culpado, aquí viene la vaca, hemos culpado a nuestras dificultades a los buscadores en web, que arruinaban nuestro modelo de negocio y nos robaban los ingresos publicitarios. Como si los ingresos publicitarios fueran nuestros a perpetuidad o como si los hubiéramos heredado y nadie pudiera venir a competir por ellos. Hemos culpado a las plataformas digitales, hemos culpado a las redes sociales, hemos culpado al periodismo ciudadano cuando apareció el concepto. Por cierto, ¿alguien hablar ahora o se acuerda mucho del periodismo ciudadano? Hemos culpado a los otros. Básicamente hemos culpado a los otros, pero nunca hemos querido hablar de nuestra parte de culpa en el desastre actual, y tenemos culpa.

Todo mundo sabe que todos los cirujanos se desinfectan siempre antes de cualquier operación, en cualquier parte del mundo, los periodistas no. Hemos cometido errores, todo el mundo comete errores, pero nosotros no hemos reconocido colectivamente nuestros pecados. Y me temo que seguimos en esa inercia. Hemos jugado con los hechos, hemos jugado con los datos, hemos jugado con fuego, hemos contado verdades a medias. Y hemos sido muy poco autocríticos. Y lo que hemos querido hacer pasar por autocrítica han sido ataques a otros periodistas, lo que me recuerda aquel chiste… Hay un chiste entre comunistas viejos escaldados por sus propios métodos, uno le dice al otro: “Oiga, camarada, le voy a hacer una autocrítica”. Pero uno nunca se hace la autocrítica así mismo, se la voy a dar a usted (decimos). Estas distinciones rotundas, inapelables: nosotros la pureza, ellos la podredumbre y hemos bajado al barro.

Esto es un sucedido, es una anécdota menor de los años 40, la descubrí hace un par de semanas o tres leyendo algunos volúmenes que recogen la correspondencia (son cuatro o cinco volúmenes) del filósofo inglés Isaiah Berlin que estoy leyendo por fascinación. Por pequeña que sea esa anécdota contiene la semilla de los males que nos afligen en el periodismo y con los que tendrán que lidiar y para lo que procuraré darles algunos consejos. Pongámonos en situación: pantalla, fundido a negro, empieza la película, suena una música suave, vuelve la imagen. Los protagonistas de esta historia son Isaiah Berlin y el New York Times, eso es importante.

Estamos a finales de los años 40 del siglo pasado, cuando comenzaba la histeria anticomunista en Estados Unidos que desembocará en la lamentable caza de brujas que desencadenó el senador McCarthy y que tantas vidas arruinó de forma injusta. Yo creo que una de esas víctimas fue la hija de un guionista que tuvo que exiliarse aquí en México, precisamente, ella recuerda haber vivido aquí de niña cinco, diez u ocho años junto con el dolor que supuso para su familia haber pasado por ese trauma. Berlin, el intelectual británico, era muy poco conocido más que en los círculos académicos en los que se movía, fundamentalmente en la Universidad de Oxford, que era su alma mater, y en Estados Unidos, Harvard o Princeton, a los que acudía con regularidad para pasar estancias de algunos meses, impartir algunas clases, dar menos conferencias todavía porque odiaba hablar en público y detestaba, y temía, la exposición pública. Por aquellas fechas no era ni por asomo lo que devino y se convirtió en las épocas siguientes. Posiblemente el más destacado y liberal de los pensadores de su tiempo, tras edificar con sus libros una de las catedrales más hermosas a la libertad, a la tolerancia y al diálogo.

El cuento es el siguiente:

Mount Holyoke College, que es una universidad en Massachusetts, le pidió a Berlin una conferencia sobre sus impresiones de la política y la cultura en la Unión Soviética. Este accedió con una única condición. Que el evento fuera lo que hoy llamados off the récord y que no saliera nada en los periódicos. La conferencia tuvo lugar el 28 de julio de 1949 en el Instituto de las Naciones Unidas en Mount Holyoke y se tituló Democracia, comunismo y el individuo (Democracy, communism and the individual, en inglés).

Berlin había nacido en Riga en 1913, cuando la ciudad era parte del imperio ruso, él hablaba ruso de pequeñito, pero había emigrado con su familia al Reino Unido. Había visitado Moscú y San Petersburgo justo después de la Segunda Guerra Mundial, había contactado con amigos y amigos de amigos que le habían proporcionado una visión precisa y detallada de la crueldad y la tiranía soviética. Pasó una noche de profunda conversación con la poeta Anna Ajmátova, conversación que marcó a ambos para el resto de sus vidas. En algún momento de la noche el hijo de Ajmátova se sumó a la reunión, y ambos, tanto Ajmátova como su madre, sufrieron duras consecuencias por esta reunión. Berlin adujo que en Mount Holyoke College podría tener peores consecuencias para sus amigos si su discurso criticaba con dureza a las autoridades soviéticas, sus métodos represivos y el terror con el que estos métodos habían sumido a los intelectuales y a la sociedad soviética se hacía pública. La universidad quería cobertura y le insistió en que para ellos esa cobertura pública era importante, el compromiso final fue que un reportero del New York Times tuviera una conversación con Berlin previa a la conferencia pero no acceso a esta, y que con lo que le dijera Berlin armaría su crónica. La charla se produjo en la habitación de Berlin y se publicó al día siguiente.

La información era muy corta y la firmaba el corresponsal en Boston que se llamaba John Fenton. No adivinarán el titular o la cabeza o cómo cada uno de ustedes lo conoce en el español de sus respectivos países. Porque además nadie se podía imaginar ese titular, ni el propio Berlin.

El titular era “Un panel respalda el estudio del marxismo”. El sumario, subtítulo o como lo llamen ustedes, decía: “En un seminario en el Instituto de las Naciones Unidas de Mount Holyoke, se describe la revolución rusa como un evento capital”. Y el texto que era muy cortito decía: “Un miembro del Centro de Estudios Rusos de la Universidad de Harvard, describió hoy la Revolución Rusa como el evento más influyente del Siglo XX. El doctor Isaiah Berlin, un investigador asociado, sostuvo que su impacto en el pensamiento actual resulta comparable al de la Revolución Francesa hace un siglo. Su discurso se dio en el marco de la segunda reunión de las Naciones Unidad en la Universidad Mount Holyoke.

La Revolución Rusa resulta muy importante “no solo para los rusos sino también para sus adversarios”, aseguró el doctor Berlin, para examinar la creencia fanática en el marxismo de los comunistas y averiguar lo que creían cuando sucedió la revolución, y que es lo que creen todavía. El ex primer secretario de la embajada británica en Moscú, que salió de Rusia en 1945, sostuvo que la teoría marxista “tuvo un impacto profundo incluso en personas que no son marxistas”. Las enormes exageraciones y distorsiones de la teoría marxista, aseguró el doctor Berlin, agitaron la imaginación de la gente y prohibir su estudio sería como colocarles la etiqueta de fruto prohibido.

Igual adivinan o no el enfado de Berlin, lo pueden adivinar, pero les voy a mostrar su enfado, su preocupación y por supuesto su temor también en una época en la que cualquier sospecha de simpatía por el comunismo o con la Unión Soviética podía arruinar una carrera académica en Estados Unidos o incluso podría hacer que no lograra algún visado para volver al país.

Graduados
Grupo de estudiantes graduados egresados de la edición 2022 del diplomado. Ciudad de México. FEMSA, Tecnológico de Monterrey.

“Nunca volveré a ver al New York Times con los mismos ojos”

Berlin escribió una carta de protesta al director del New York Times, que este tuvo bien a publicar en su integridad, comparado con las cartas que se publican ahora, bajo el titular: “Posiciones ante el marxismo: el doctor Berlin amplía las declaraciones que hizo en Mount Holyoke”. Y se las voy a leer, no es muy larga pero sí es sabrosísima si recuerdan el texto de la noticia.

Al director del New York Times:

En su edición del 29 de junio se publicó una noticia con el titular “Un panel respalda el estudio del marxismo”, con el sumario siguiente: “En un seminario en el Instituto de las Naciones Unidas de Mount Holyoke”, se describe la revolución rusa como un evento capital. El relato que su corresponsal, John Fenton, hace de mis palabras transmite la clara impresión de que mi objetivo fue remarcar, ante los asistentes, la importancia de estudiar el marxismo y específicamente de no prohibir los estudios en esta materia.

Quisiera dejar claro, en primer lugar, que cualquier palabra que utilizara yo en relación con este asunto no se pronunciaron en la conferencia que di en el Instituto de las Naciones Unidas de Mount Holyoke, puesto que a este evento no se dio cobertura de ningún tipo por petición mía con el propósito de perjudicar a mis informantes, algunos de los cuales viven tras el telón de acero.

Las declaraciones en las que su corresponsal basó su crónica las hice durante un encuentro privado entre ambos a petición suya y en respuesta a sus preguntas. Me pregunto si estaba a favor, en general, del estudio del marxismo, le contesté que la Revolución de Octubre constituyó claramente un importante acontecimiento, aunque también una catástrofe en algunos aspectos. Que sus protagonistas eran gentes imbuidas de marxismo, que este, como otras doctrinas semi obsoletas del Siglo XIX, que tuvieron mucha influencia tanto entre sus partidarios como entre sus oponentes amerita un estudio detallado. Que Marx destacó más como el padre de la historia de la economía y el origen de una novedosa aproximación a la historia de las sociedades que como un teórico de la Revolución, y que yo no veo razón alguna para prohibir el estudio de sus tesis en el bien entendido de que los responsables de las enseñanzas tengan una actitud suficientemente crítica para dar cuenta de sus errores y las distorsiones que tanto abundan en el marxismo.

Recuerdo, especialmente, haber insistido en que los expertos en este asunto deben mantener una posición distancia analítica y bajo ningún concepto acabar como predicadores, y que si el marxismo puede ser refutado, cosa que no solo creo sino que me parece deseable, primero debe conocerse bien. La crónica de su corresponsal, así como el titular y el sumario que la acompaña, claramente traslada la impresión de que la defensa de los estudiantes de los estudios marxistas constituyó el eje principal de mi discurso en el Instituto de las Naciones Unidas.

Como cualquiera de los asistentes puede atestiguar, mi conferencia subrayó la incompatibilidad entre cualquier forma de creencia democrática y la doctrina marxista. Las respuestas a las preguntas de su corresponsal buscaban resaltar la necesidad de una aproximación crítica a esas doctrinas, que hasta hoy en día las fanáticas sectas marxistas, tanto los comunistas ortodoxos como los herejes a los que estos han excomulgado, tienden a tragarse sin poner pega alguna.

Puesto que siento que su periódico no presentado con precisión mi posición en este asunto, le estaría muy agradecido si fuera tan amable de publicar esta carta.

Isaiah Berlin, fellow y tutor de New Collage Oxford, Inglaterra.

Lo que más me gusta es la firma de Berlin al final de la carta, que es un desmentido a todos los cargos que le había atribuido el periodista: su cargo es fellow y tutor de New Collage Oxford, y dentro de ese british statement se llama New Collage porque se fundó 1379, unos cuantos años del antiguo colegio del mismo nombre. Todo es una maravilla de delicadeza.

Ahora, piensen, en realidad no hay ningún dato falso y ninguna mentira abierta en el texto de John Fenton, quien siguió siendo corresponsal de New York Times en Boston hasta 1970. Es una mala nota, ciertamente, descontextualizada, vaga, imprecisa a más no poder. Por supuesto, mal titulada. Los datos tampoco parecían ser su fuerte, Berlin no era un investigador asociado a Harvard, que ni siquiera Berlin lo desmiente en la carta, solo con la firma; ni la Revolución Francesa se había producido un siglo antes, ¿un siglo antes de qué? ¿De cuando se escribe la noticia?, ¿de la Revolución Rusa que tuvo lugar en 1917? La Revolución Francesa, como todo mundo sabe, arrancó en 1789. Pero tampoco me parece detectar mala fe alguna en el periodista. Y también piensen en lo fácil que resulta ofrecer una imagen distorsionada de los hechos casi sin querer, el daño que hace, las reputaciones con las que puede acabar, las vidas profesionales que puede arruinar.

En otra carta, poco después de este incidente, un amigo de Berlin le confiesa con amargura: “Nunca volveré a ver al New York Times con los mismos ojos”.

Desde entonces han pasado más de 70 años, 70 años en los que se han acumulado los desafueros y los desatinos en los periódicos.

Los desafueros y los desatinos, las campañas orquestadas de los periódicos contra algo, contra alguien. Las noticias interesadas. Los intereses ocultos. Las vanidades de los periodistas. Las vanidades de los dueños de los medios de comunicación. Los intereses ocultos y no tan ocultos de los dueños de los medios de comunicación. Los intereses ocultos y no ocultos de los propios periodistas. La soberbia de todos. Más de 70 años después, al igual que Isaiah Berlin al New York Times, tampoco el mundo nos ve a los periodistas con los mismos ojos. Como dije antes, menos de 4 de cada 10 confía en nosotros.

“Nadie debería de pasar por una escuela de periodismo de calidad sin pasar por la experiencia de que escriban de él o sobre de ella”

Hagamos otro ejercicio ahora, imaginen que no son ustedes los que escriben, los que tienen ese poder, sino que son ustedes el objeto de esas crónicas, que alguien con ese poder en un medio de referencia escribe sobre ustedes, y que ustedes como le pasó a Berlin, como les pasa a tantos otros, sienten que ni ustedes ni sus ideas ni sus trabajos se han reportado con precisión y con justicia. ¿Saben qué me ha pasado desde que dejé la dirección del periódico? Que amigos, amigos que son políticos, que son directores de museos, que son pensadoras importantes, cuando el periódico escribe sobre ellos se acercan y me dicen, me llaman y nos vemos es que me dicen es que eso no está bien, es que… es que desde que te has ido tú…

No es verdad. Yo me he ido pero los directores no estamos cambiando los titulares ni arrancando cosas para abajo. No sé si estamos en cosas mejores o peores, pero no estamos en eso. El periódico no está mejor o peor desde que yo me he ido, solo que ellos se sienten en confianza de decirme a mí ahora lo que el periódico está haciendo mal, lo que no me decían cuando yo era director, pero así lo sienten. El periódico no ha cambiado, pero ahora ellos se sienten en libertad de decirme: No me veo reflejado en lo que yo digo cuando escriben. Lo mismo les pasaría hace cinco años pero no se atrevían a decírmelo.

Es una fantasía que tengo o que he tenido desde hace unos años, que nada debería… este es un diplomado, yo dirige una escuela donde los alumnos pasan dos años… Nadie debería de pasar por una escuela de periodismo de calidad sin pasar por la experiencia de que escriban de él o sobre de ella. Y les cuento que no he podido implementarlo en la escuela, aunque no pasará mucho tiempo antes de que empiecen a pasar por ese ejercicio los estudiantes. Les cuento cómo empezó esa idea: a los 39 años me nombraron director de Cinco días, que es un periódico económico del mismo grupo, fue mi primer cargo de dirección, fue mi primera exposición pública, y comenzó a suceder lo que no había pasado nunca, que habían comenzado a escribir sobre mí. Principalmente en pequeños medios digitales con menor experiencia y con escasa plantilla, pero eso sí, con muchas ganas de meter ruido al paisaje de la comunicación y de la empresa. Y me pareció que lo que se escribía sobre mí ni era preciso ni era justo, dejo de lado los disparates.

Un día se publicó una crónica de la supuesta transcripción telefónica del presidente editorial que publicaba Cinco Días, Jesús de Polanco, y yo. Así, línea por línea. Polanco: esto. Moreno: esto. Así durante dos páginas. No es que la transcripción no era exacta, es que esa conversación no había existido, es que esa llamada no había tenido lugar, era una invención de principio a fin. Pero no me refiero a ese tipo de disparates que son demasiado burdos para ocuparlo ahora. Me refiero a esas crónicas que pasaban por periodismo serio, con datos que no eran incorrectos del todo, con fuentes anónimas, cuyas fuentes entrecomilladas decían cosas asombrosas y que en conjunto producían una imagen tan distorsionada de mí y de mi trabajo que yo no era capaz de reconocer ni la primera ni lo segundo.

Y lo primero que pensé, lo que pensarían todos: ¿cómo pueden hacer esto? Sin embargo, con el tiempo se me ocurrió otra cosa más preocupante: ¿Cuántas veces yo mismo he hecho esto o algo parecido en los últimos años antes de ser director, cuando era reportero, cuando era corresponsal sin mala fe? Con toda la honestidad. Como un falso profeta de buena fe, que por cierto abundan muchos en los evangelios, los falsos profetas de buena fe.

¿Cuántas veces he escrito yo sin un error en los datos, sin nada que me puedan corregir, una crónica que no ha hecho justicia ni a los hechos ni a las personas?

Y ahora otra pregunta, ¿cuántas veces lo han hecho ustedes?, ¿cuántas veces lo harán más a lo largo de sus carreras? ¿Son conscientes de que ese es un poder inmenso que solo tienen porque la sociedad se los otorga? Y se otorga en virtud del pacto de que una sociedad democrática abierta, tolerante, avanzada, necesita tener una prensa libre y sin ataduras, por eso le dan ese poder inmenso. Una prensa que efectivamente fiscalice a los poderosos, principalmente a los gobiernos, pero también a los partidos políticos, a los sindicatos, a los políticos, a las organizaciones de todo tipo, a las empresas. Una prensa sin ataduras para poder cumplir con ese pacto constitucional y unos periodistas muy conscientes de que ese enorme poder de destrucción deriva única y exclusivamente de aquel acuerdo, y que no se puede abusar de él de forma torticera sin graves consecuencias, no solo para el medio o para el periodista, sino también para el conjunto de la ciudadanía y el futuro de la democracia.

Pero sabemos que de ese poder se ha abusado durante décadas, cada vez con más descaro, cada vez menos censura social, con el desparpajo y el envalentonamiento que proporciona saberse arropado por un sistema de publicación y distribución en el que las barreras tradicionales, las señales de aviso, las alertas de peligro, la sanción social, la sanción judicial, han quedado desmontadas, obsoletas, inservibles. Añadan a todo lo anterior el turbomix de las redes sociales, la transmisión inmediata, sin intermediarios. Añadan las dosis de esteroides que inyectan los números, miles de decenas de miles de millones de mensajes casi de forma instantánea, y el resultado es el desolador paisaje en el que nos encontramos. Pero no lo ha creado la tecnología, lo hemos creado nosotros. Es la naturaleza del ser humano, la tecnología solamente la magnifica.

Y llegado a este punto resulta que es conveniente hacer una pausa y que nos hagamos algunas preguntas, seguramente ustedes ya se las están haciendo estas preguntas, u otras. Yo hoy intento responder a las que me parecen más relevantes, las que me parecen más relevantes a mí, claro, también para ustedes. Y quizá ustedes tengan otras y las podemos discutir si no me acabo todo el tiempo hablando.

La primer pregunta es la misma pregunta en cualquier asunto relevante: ¿de quién es la culpa? De la vaca, otra vez. Y esa pregunta genera otra: ¿quién gestiona ese problema? Bueno, mis respuestas serían: los culpables somos probablemente nosotros, mi generación, no la suya; pero lamento decirles que el problema lo van a tener que gestionar ustedes. Visto en retrospectiva yo no sabría decirles qué es lo que tendríamos que haber hecho los periodistas de mi generación de forma colectiva para evitar el desastre en el que nos encontramos ahora. Pero resulta innegable que todo ello sucedió mientras que nosotros, mi generación, estuvimos a cargo.

No somos culpables todos de manera personal pero sí de manera colectiva, ha sido un fracaso colectivo de periodistas, tecnólogos, reguladores, clase política y en cierta medida también del conjunto de la sociedad.

Pero aceptar esa responsabilidad ahora les toca a ustedes, es su turno.

“Futuro es probablemente lo que tienen, no tienen mucho más, pero futuro sí”

Berlin mucho más mayor, a finales de los 60 cuando estallan las protestas en muchas universidades de Europa y en Estados Unidos, y aquí en México también, él tiene ya casi 60 años y en una carta muy entrañable a uno de sus amigos se queja de que los alumnos vayan con pancartas, con mantas, a gritar y a boicotear sus clases, y sus alumnos piden cosas imposibles: que sea acaben las guerras en el mundo, que se desmantele el capitalismo. Y otras quizá más razonables: participar en los consejos universitarios que deciden los planes de estudios, poder dar su opinión sobre el profesorado y en fin, que se les tengan un poco en cuenta. Berlin le dice a su colega, con un toque de humor sarcástico que siempre tuvo: pero, ¿por qué vienen a gritar a mis clases?, yo tengo 60 años, ya voy a jubilarme, que van a protestar a las clases de los profesores que tienen 40, 50 años.

Bueno, es natural que ustedes le vayan pidiendo responsabilidades a los de la generación anterior por la destrucción que hemos causado, la confusión, la niebla en la que nos movemos, la precariedad laborar en la que muchos de ustedes y la inmensa mayoría de sus colegas y de su generación se van a desenvolver.

Pero también tengo que decirles que como generación se encuentran con el toro que les ha tocado lidiar. A nosotros nos tocó lidiar con otro, pero este toro es el suyo, y es el único que van a tener en la vida, no van a tener otro. No sale el toro a la plaza y dicen, ah no, este no es el mío. Este es el suyo. Yo sé que no es fácil aceptar eso, que la atmósfera predominante es la del pesimismo, alimentado por los miedos de la sociedad y por los fallos de la democracia en las soluciones de esas angustias.

Otra pregunta que seguramente se están haciendo. Entonces, ¿no tengo futuro? Por supuesto que ustedes tienen futuro, quien no lo tiene soy yo, como Berlin con 60 años camino a la jubilación. Futuro es probablemente lo que tienen, no tienen mucho más, pero futuro sí. Otra pregunta: ¿qué va a pasar?, ahí la respuesta es otra pregunta, la pregunta no es qué va a pasar sino qué van a hacer ustedes.

El otro día vino a la escuela de periodismo de Madrid Ikañi Gabilondo, los que hayan estado en radio sabrán quién es, los que no es un veterano periodista de la radio española ya con 80 años, que ha sido un referente moral y profesional para mi generación. Iñaki hizo hace poco un largo reportaje para la televisión preguntando a eminencias mundiales, científicos, médicos, expertos en astronáutica, doctoras en ciencias abstrusas, para tratar de trazar qué va a pasar en los próximos años, qué nos espera en el futuro. Y en Singapur un neurocirujano le dijo lo siguiente: Oiga, usted viene de España, ¿no? Pues resulta que hay una novedosa tecnología que permite salvar la vida de niños con una enfermedad genética utilizando la placenta de un hermano de un recién nacido, y se acaba de aplicar dos veces: una en Estados Unidos, a un millonario que se lo ha podido pagar, la otra en un hospital público andaluz a una niña cuyo padre es un obrero.

La tecnología está ahí, la pregunta no es qué va a pasar sino, ¿qué vamos a hacer con ella?

“Vivir es elegir, elegir es descartar: aprendan a elegir”

No acepten nunca la inexorabilidad de nada, lo que está pasando está pasando. Este ambiente pesimista en el que nos movemos. Pero lo que viene luego no está escrito, yo entiendo la confusión que puede usted sentir en estos momentos, la rapidez con la que se desarrolla todo.

De hecho hay una escena en un libro que seguramente ustedes no habrán leído, La cartuja de Parma de Stendhal, en el que el protagonista Fabricio del Dongo se encuentra en el centro de una batalla, ve tropas avanzar, retroceder, no sabe bien dónde se libra esa batalla. Ve muertos de un lado y del otro. De repente deja de ver incluso un lado y el otro, todo se mezcla, todo es humo, niebla de cañones, estruendos, él mismo es un girón en esa vorágine, no sabe si han ganado o han perdido al final del día, si lo ha pasado ha tenido repercusión o no. Y pocas páginas después el lector descubre que ese jaleo en el que Fabricio no sabía qué pasada ni donde estaba, era la Batalla de Waterloo, que supuso la batalla definitiva de los ejércitos napoleónicos frente a las potencias europeas. Como periodistas es fácil sentirse como Fabricio en la tormenta social, política y de valores que nos azota.

Pero otro mensaje que les quiero transmitir hoy es de esperanza y compromiso.

El pesimismo que puedan sentir hoy sobre la vida y el futuro del periodismo, incluso sobre su propio futuro como periodistas, está más que justificado, todos los temores están justificados. Creen ustedes seguramente que esto es lo que hay y no va a cambiar. Pues sí, va a cambiar, el mundo va a cambiar.

Lo que pasa está pasando y detenerse en ello es un disparate. No se instalen en el presente. Hay que vivir la coyuntura cuando es inevitable, como le pasa a Fabricio del Dongo en la novela, pero no acomodarse a ella. Y lo mismo con la tecnología, hemos hablado antes de ellos. Hay que aprenderlas, ustedes lo han hecho, vienen de hacerlo, pero sean también conscientes de que en seis o siete pestañeos habrá que aprender otras.

No caigan en la idolatría de los de ahora. No hay que sacralizar lo temporal, hay que centrarse en lo que no cambia en el periodismo: los dilemas morales. Cambia la tecnología, cambiar las personas de la sociedad que conocemos, pero los dilemas morales son los mismos, por lo tanto hay que afirmarse en lo fundamental.

Decía Iñaki el otro día, y lo confirman todos los enviados especiales, que de una forma u otra cubren una catástrofe, que de forma paradójica lo primero que falta en una inundación es el agua potable. Razonar por analogía es arriesgada a veces pero proporciona imágenes muy potentes y muy válidas a veces, si aceptamos que estamos viviendo en una inundación de periodismo, de noticias falsas, de demolición interesada de todos los valores, entonces nuestra primera tarea es acreditar yacimientos de agua potable. Y eso puede responder a una pregunta que formulé antes, no de qué va a pasar sino, ¿qué van a hacer ustedes?

Y eso también es por qué elegí esa pequeña anécdota de Berlin y del New York Times. ¿Por qué es pequeña? Porque ustedes ahora no van a poder hacer grandes cosas a corto y mediano plazo, la semana que viene o el mes que viene: no van a dirigir ni mucho fundar un medio de comunicación. No van a cambiar la conversación global. No van a convertirse en un personaje influyente en 48 horas en el periodismo de sus países, esperemos que a la larga sí, no va pasar mañana pero sí pueden hacer cosas pequeñas, como la anécdota que les conté. No hacer las cosas mal, hacer las cosas bien. Aunque sea la nota de un profesor que va a dar una conferencia. Empezar por ahí va a ser su manera de cambiar el mundo y el periodismo, acrediten su marca.

“Nunca olviden al lector”

Vivir es elegir, elegir es descartar: aprendan a elegir. Si pueden aprender a elegir bien hagan de forma irreprochable su propia oferta. Que su nombre se asocie a la decencia periodística. No respalden nunca con su firma, con su nombre, algo que no sepan fehacientemente que es verdadero, nunca acepten poner su firma o su nombre al final de algo que no es  fehacientemente verdadero. Frente a la basura, la excelencia. Hacer grande periodismo contra el periodismo chatarra o el periodismo basura o como se diga en cada uno de los países. Eso que sabemos lo que es, el periodismo chatarra, en cuanto lo vemos, pero que tan difícil resulta aprender en la definición, tengan ustedes confianza en lo que son y en lo que son capaces de hacer.

Ustedes son capaces de hacer periodismo de datos, datos de bases públicas, limpiarlos, presentarlos en gráficos que sean relevantes, cosas que yo digo que no sabría ni por dónde empezar, pero ustedes sí, tengan confianza en eso. Y no olviden nunca al lector, al oyente, al espectador, al ciudadano, ellos son la fuente de nuestro compromiso. Ellos, la sociedad en su conjunto nos otorga el poder del que disponemos para investigar, para denunciar, para contar, para contribuir. Ese poder del que les hablo, que les he dicho, que es terrorífico, con el que pueden destruir a alguien, y lo tienen que usar con mesura y lo tienen que usar solo con ese compromiso en la sociedad.

Así que no engañen nunca a los ciudadanos. Hay que contar lo que sabemos como algo lo sabemos. Hay que contar lo que nos parece como algo que nos parece. Hay que contar que creemos como algo que creemos. Y hay que contar algo como eso, como algo que nos gustaría contar. Y no solo lo que los lectores quieren saber sino lo que tienen que saber, lo que necesitan saber. Orienten bien. Y construyan bien su credibilidad, ustedes son su marca, y eso se construye con exigencia, con trabajo duro, con decencia y con excelencia, pero sobre todo con decencia.

Quiero acabar con una cita, parece que lo tenemos preparado pero no lo hemos preparado. Roberto Campa ha dicho en el video que hemos visto antes durante el desayuno que el periodismo es más importante que el pan, y yo quería acabar con una cita que estaba escrita antes de que Roberto dijera eso, pero que viene pintada. La cita es de Unamuno, que es un filósofo español,  admirable, valiente, con un coraje cívico extraordinario pero que por desgracia tanto se equivocó en la vida. En esta cita sin embargo me parece que acertó de pleno. La cita dice: ‘Yo no puedo ofrecerles pan pero aquí les dejo la levadura’.

Les deseo mucha suerte en sus carreras profesionales, que será la suerte de todos y también de nuestras democracias. Y mucha suerte también en sus vidas.