Hecho en Guatemala: Manual de periodismo de investigación

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Fragmento del Manual de periodismo de investigación Guatemala publicado por la UNESCO, descargable y gratuito.

Manual de Periodismo de Investigación-UNESCO
Manual de Periodismo de Investigación-UNESCO

En un restaurante popular de la zona 9 de la Ciudad de Guatemala, un grupo de chicos estaba haciendo lo que hacen chicos victoriosos después de un partido de fútbol: haciendo chistes, comiendo, celebrando. De pronto, un guardaespaldas se les acercó y les llamó la atención porque el ruido que hacían molestaba a su jefe, un hombre de negocios poderoso.

Los chicos no le hicieron caso. Momentos después, el mismo guardaespaldas regresó y abrió fuego, matando a dos hermanos adolescentes. La periodista guatemalteca Irma Flaquer comenzó a investigar el caso, escribiendo y escribiendo, publicando y publicando historias, hasta que el hombre de negocios fuera condenado y enviado a la cárcel por haber ordenado el ataque. Eso fue en el año 1976.

Más recientemente, en Colombia, la joven Diana López decidió convertirse en periodista para investigar la muerte de su padre, asesinado por un sicario cuando ella era niña. A causa de sus reportajes, un exgobernador fue condenado a 40 años de cárcel.

“Las investigaciones se archivan sin que nadie haga algo y el miedo obliga a muchos a quedarse callados”, dijo López en una entrevista reciente con el periódico español El País.

“El silencio nos hace cómplices y yo no quise ser cómplice del asesinato de mi papá”.

Sea tiempo de dictadura o tiempo de democracia, las y los periodistas tienen mucho que investigar, desde casos de violencia con impunidad—como los que reportaron Flaquer y López—hasta daños contra el medio ambiente, casos de corrupción, el tráfico de drogas y otros productos ilegales, y hasta qué productos para la dieta son mejores que otros.

La investigación es la base de todo reporteo bueno y sólido, pero a veces viene con un precio. López ahora debe usar un chaleco antibalas. Flaquer fue desaparecida a la fuerza un par de años después de sus columnas por su periodismo insistente y su valentía en combatir la dictadura con su máquina de escribir.

La prensa— periodismo y periodistas—está bajo fuego en las Américas. Los periodistas son censurados, intimidados, golpeados y presionados en muchos países de América Latina (donde también muchos han sido asesinados), incluyendo Guatemala. El asunto es que, en cualquiera de estos países, no puede haber democracia sin una prensa libre. Para alcanzar una prensa libre, se necesita herramientas.

No es suficiente querer decir la verdad, querer cambiar el mundo, querer ser la voz para los y las sin voz. Es un buen comienzo, pero las y los periodistas deben aprender a investigar y verificar. Este manual de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés) en Guatemala nos da las herramientas, desde lo más sencillo como “aprender a escuchar” hasta lo más complicado como hacer una base de datos sin apoyo.

Para lograrlo, hace lo que hacen las y los mejores periodistas: mostrar, no decir. Además, a través de los éxitos (y sí, a momentos, sus fracasos) de la experimentada periodista guatemalteca Julie López, las y los periodistas también pueden aprender los procedimientos para hacer buen periodismo.

López nos enseña que el mejor periodismo es una historia bien contada, y en su forma de contar el arte de hacer periodismo, está extendiendo una invitación a las y los periodistas a cumplir con su deber, el deber de Irma y el deber de Diana: no callar. June Carolyn Erlick, editora en jefa de ReVista, Harvard Review of Latin America, y la autora de “Desaparecida, Una Periodista Silenciada: La Historia de Irma Flaquer”.

 

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“El periodismo de investigación no es solamente un producto, sino es un servicio que contribuye a fortalecer y mejorar la vida de las personas”.

Así lo escribió el periodista y catedrático Mark Lee Hunter en 2013, en “La investigación a partir de historias: Manual para periodistas de investigación”, publicado por la Unesco (Hunter, 2013). Ese “mejorar y fortalecer la vida de las personas” es una estrella de muchas aristas que debe guiar las acciones de todo periodista en el campo.

Ejercer el periodismo en Guatemala conlleva retos singulares. Es una experiencia agridulce. Algunos esfuerzos en investigación pasan desapercibidos, sin pena ni gloria, mientras que otros hacen enormes olas—que no necesariamente se traducen en cambios perceptibles en nuestra sociedad. Pero están allí. Créanlo.

Los efectos del periodismo ejercido con profesionalismo y vocación tienen alcances insospechados. Aun en lugares donde la cultura del silencio tiene raíces profundas, porque se convirtió en un mecanismo de supervivencia, incluso para los periodistas, el periodismo de investigación contribuye a sembrar una semilla, una idea tan calladita que apenas se ve, apenas se escucha.

Sin embargo, sabemos que está allí porque germina la idea de que el silencio no es normal, especialmente el silencio respecto a las injusticias, la violencia, y las agresiones contra la vida y la dignidad humana.

La politóloga británica Jenny Pearce dice que en los lugares donde no se puede denunciar injusticias, ni los periodistas pueden divulgar noticias ni investigaciones al respecto, el silencio contribuye a normalizarlas.

Si es cierta la frase “Pienso, luego existo” (o “pienso, por lo tanto, existo”) de René Descartes, también lo es “se publicó, por lo tanto, existe”. Es decir, es un hecho que alguien reconoce que existe; por lo tanto, es una realidad validada.

La ausencia de un reconocimiento verbal construye la idea de que nada sucederá al respecto de una situación en particular, y que se debe aprender a sobrevivir con ella. Se acepta estoicamente la injusticia y el silencio respecto a la misma.

Por ello, el nivel de impunidad en una sociedad, o en algunas comunidades, tiene un peso descomunal y marca la diferencia entre la realidad que se vive y la realidad que se publica.

El diario ir y venir del periodista, las horas de cierre, y la tensión diaria, a veces le impiden captar momentáneamente el impacto de la información que tiene o no tiene entre manos. Mientras que los contenidos de los medios de comunicación pueden alimentar la percepción de que hay un menor o mayor nivel de violencia o delincuencia, y corrupción, etcétera, también son parte de un esquema en el cual parte del público percibe que hay dos realidades paralelas: la que viven y la que se publica.

El periodista cumple su misión cuando consigue unir esas dos realidades consistentemente, aunque muchas veces equivale a un riesgo. Periodistas en Guatemala, y otros países, perdieron la vida por hacerlo. Muchos sabían que podía suceder, pero simplemente no podían callar.

Este no es un llamado a un hara-kiri colectivo, sino un llamado a hacer trabajo hormiga, donde sea posible, para unir esas dos realidades.

Este manual es un llamado a ejercer el periodismo intentando no arriesgar la vida cuando sea innecesario. Es mucho más útil un periodista vivo que uno muerto. Guardar silencio hoy permite publicar mañana, y eso es mucho mejor que una voz silenciada para siempre.

Ese es parte del mensaje de una frase que surgió en un movimiento de trabajadores agrícolas en Estados Unidos de América y dice así: “Trataron de enterrarnos; no sabían que éramos semillas”. Todos los periodistas somos semillas. Latentes o activos, tenemos la capacidad de germinar verdades que necesitan ser contadas tarde o temprano. Sea para romper el silencio, o ayudar a derribar gobiernos corruptos, esa es la misión.

Un informe del Centro de Reportes Informativos sobre Guatemala (Cerigua) de septiembre de 2017,1 indica que 37 comunicadores sociales fueron asesinados en Guatemala entre

Un informe del Centro de Reportes Informativos sobre Guatemala (Cerigua) de septiembre de 2017,1 indica que 37 comunicadores sociales fueron asesinados en Guatemala entre 2000 y esa fecha—con sólo tres sentencias condenatorias contra autores materiales y ninguna contra los autores intelectuales.

Cuatro meses después, el diputado Julio Juárez Ramírez de Suchitepéquez, de la bancada oficialista Frente de Convergencia Nacional, fue capturado por ser el presunto autor intelectual del asesinato de dos periodistas en Mazatenango en 2015.

Sin embargo, las cifras registran impunidad en al menos el 92% de los casos y son un subregistro.

Un reporte de mayo de 2017 en Prensa Libre, que cita a Cerigua, indica que la Unidad de Delitos contra Periodistas del Ministerio Público identificó una reducción en las denuncias por tres razones: censura y autocensura en zonas con alta presencia del crimen organizado, desconfianza hacia el personal de las fiscalías distritales, y desconfianza en los agentes de la Policía Nacional Civil.

Un testamento de la madera de los periodistas es que, pese al panorama, salen a la calle a producir trabajo extraordinario como lo reconoció el Premio Nacional de Periodismo 2017, que organizó el Instituto de Previsión Social del Periodista.

Algunos ejemplos son el segundo lugar de cobertura diaria para Dulce Rivera, de Guatevisión, por su relato del Pacto de Corruptos en octubre de 2017 (el caso de las reformas al Código Penal que tendrían un impacto en muchos casos contra la corrupción); el segundo lugar en fotografía de Carlos Hernández, de Prensa Libre, por una extraordinaria fotografía el día de la evasión de un reo y un tiroteo en el Hospital Roosevelt en agosto de 2017 (que muestra que, mientras el personal médico huye, los fotógrafos y camarógrafos no se mueven del lugar para captar las imágenes); y los tres premios que consiguió el proyecto “40 alcaldías bajo la lupa” de Ojo con mi pisto, en categoría departamental, que desnudó la corrupción municipal como nunca antes, en muchos sitios que pasaban bajo el radar.

La mejor fuente de inspiración de los periodistas son otros periodistas. Todos los periodistas somos las extremidades del gremio, y nos necesitamos mutuamente para avanzar hacia comunidades y una sociedad donde la libertad de expresión no exista sólo en papel.

Para ello, necesitamos herramientas, las que se aprenden en la universidad, de los colegas o con el oficio de calle. Lo hermoso de la profesión es que se aprende todos los días: lecciones de cómo hacer mejor periodismo, y lecciones de humanidad.

Por eso, el periodista que piensa que lo sabe todo, está perdido. El periodista todo terreno sabe, como lo aprende el novato, que sólo hay algunas fórmulas básicas para hacer periodismo. El resto es tan variopinto como los temas que se pueden reportear. Este manual se elaboró con esa idea en mente: enumerar algunas formas para estructurar reportajes, sin pretender que el contenido está escrito en piedra.

Es un aporte, un puñado de herramientas que podrían ser útiles para el periodista. Una parte es una recopilación de materiales obtenidos de libros de texto, quizá publicados cuando muchos lectores de este manual no habían nacido, pero que todavía son válidos. Otra parte son lecciones aprendidas en la calle, hace 30 años y ayer, en redacciones de periódico, en las avenidas de este oficio.

No hay un solo método para identificar ideas, plantear el enfoque y ponerlo a prueba, ni siquiera para estructurar el reportaje. Algunos periodistas tendrán una fórmula infalible. Otros descubrirán que la estructura depende del tema, y que no puede ser una camisa de fuerza.

Cada uno sabe mejor qué le funciona, por eso se presentan varios esquemas y planteamientos que el lector de este manual podrá explorar, para determinar cuál o cuáles le funcionan mejor. En último caso, también es una invitación a reflexionar acerca de cómo hacemos nuestro trabajo, y recordar por qué hacemos lo que hacemos.

Nosotros lo sabemos. El público se entera cuando lee, observa o escucha algo que cambia su vida de alguna forma. Eso quiere decir que el periodista trabajó con profesionalismo, alma y el corazón. No hay otra forma de hacerlo.

 

Escribe Julie López Guatemala, diciembre de 2017.