Por Aldea de Periodistas

 

Después de medio siglo de la masacre de estudiantes en México, solo diez días antes de las Olimpiadas del 68, no hay registro claro de los jóvenes heridos y de los que fueron asesinados en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Tampoco ha habido justicia por este acto de represión bajo el gobierno del expresidente Gustavo Díaz Ordaz. El periodista Emiliano Ruiz Parra confeccionó “un relato entre personal e histórico con los testimonios de una decena de mujeres y hombres en las brigadas en el Movimiento Estudiantil” y lo publicó en el libro corto: El 68. Una historia oral más allá de la masacre de Tlatelolco.

Compartimos un capítulo; el libro entero pueden descargarlo en PDF: https://bit.ly/2xE6HyJ.

 

Nombre de la producta: Esther Montero (1968-1972). / Institución archivística Archivo Histórico de la UNAM. / http://www.ahunam.unam.mx:8081/index.php/533.

Capítulo: La masacre de Tlatelolco

Autor: Emiliano Ruiz Parra

El papá de Josefina Alcázar, un químico de formación militar, había tolerado que su hija acudiera a cuanta marcha, brigada o asamblea quisiera ir. Pero ese día, justo ese 2 de octubre, fue firme: “a la marcha de Tlatelolco no vas, y si te tengo que amarrar, te amarro”. Su entrañable amiga Amalia Zepeda sí había salido de su casa para ir al mitin, pero había ido tarde. Caminaba por Paseo de la Reforma cuando vio a lo lejos a un helicóptero disparar una luz de bengala. Luego vino el ruido de una guerra: cascadas de balas que se estrellaban contra el pavimento. Un estudiante, corriendo a toda velocidad en sentido contrario, le previno que no se acercara, que los soldados estaban disparando hacia la gente.

Quienes sí estaban en la Plaza de las Tres Culturas —la Plaza de las Sepulturas, la llamaría después el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo— eran Joel Ortega, Francisco Pérez Arce y Mariángeles Comesaña, cada uno por su lado. Joel Ortega estaba en la entrada del edificio Chihuahua y alcanzó a salir por el lado oriente de la Unidad Tlatelolco, debajo de los disparos de un helicóptero artillado. Paco Pérez Arce se refugió en un departamento con otros 20 estudiantes, salió dos horas después cuando la balacera amainó; un soldado lo dejó escapar de Tlatelolco y corrió por Paseo de la Reforma hasta que pudo abordar un autobús. Mariángeles Comesaña, después de correr, ver cuerpos caer, tocar puertas de departamentos, pudo escapar de Tlatelolco con la mentira de que había salido a comprar pan.

Consejo Nacional de Huelga. “México 68”
Hoja impresa Cartel 35.5 x 24.5 cm.
Archivo Ana Ortíz Angulo / www.ahunam.unam.mx

Ellas (y ellos) tuvieron suerte. De unas 10 mil personas que había en la Plaza de las Tres Culturas, dos mil o tres mil fueron detenidos (una detención ilegal), unos 200 cayeron heridos, una decena desapareció y 60 fueron asesinadosXIII. ¿Qué ocurrió la noche de Tlatelolco? De acuerdo con los investigadores, la masacre del 2 de octubre fue un operativo de Estado para sofocar con sangre el Movimiento Estudiantil. Con una semana de anticipación, el ejército tomó el control de departamentos de la Unidad Tlatelolco, que usaría como centros de detención temporal. Ese día intervinieron —cuando menos— tres cuerpos de las Fuerzas Armadas. Unos 200 francotiradores del Estado Mayor Presidencial, que estaba bajo las órdenes directas del presidente, se apostaron en los pisos superiores e iniciaron la balacera sobre la muchedumbre, incluidos los soldados. En los alrededores del edificio Chihuahua se había apostado el Batallón Olimpia, un batallón de élite del ejército creado para los Juegos Olímpicos. Vestían de civil y se identificaban con un guante blanco o un pañuelo también blanco en la mano izquierda. Su misión era detener a los miembros del Consejo Nacional de Huelga, los líderes del Movimiento, que estaban concentrados en la terraza de ese edificio, desde donde dirigían discursos. Y por último la tropa del ejército, que cerró las salidas de la plaza y entró con bayoneta calada. Acaso por eso heridos y muertos tenían heridas y disparos en la espalda y las nalgas.

El operativo militar encajonó a la multitud y la sometió a horas de terror. Y tenía otro propósito: respaldar la versión oficial que al día siguiente aparecería en los periódicos: que comandos armados del CNH abrieron fuego desde las azoteas y tiraron contra las tropas y la gente, y que el ejército había respondido también a balazos a la agresión.

Era la verdad histórica que se inventaba el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz para lavarse las manos, tal como 46 años después el gobierno de Enrique Peña Nieto se inventaba la verdad histórica de que 43 normalistas de Ayotzinapa habían muerto calcinados a manos de un grupo del crimen organizado en el basurero de Cocula, Guerrero (un organismo de expertos internacionales, el GIEI, desmintió la historia de la incineración en el basurero). No hay que olvidar que los 43 de Ayotzinapa habían llegado a Iguala, donde fueron balaceados y
secuestrados por policías, a tomar camiones para acudir a una manifestación en honor a los caídos del 2 de octubre de 1968. El régimen del PRI, viejo o nuevo, repetía sus costumbres. En ambos casos las supuestas verdades históricas cayeron rápido. En enero de 1971, un par de meses después de que Díaz Ordaz dejara la presidencia, Elena Poniatowska publicó La noche de Tlatelolco, una crónica coral que reunía cientos de voces de personas que habían estado en la plaza, y que derribaban con sus testimonios la versión del gobierno.

Poniatowska recoge relatos estremecedores: de testigos que vieron a personas entregarse y fueron acribilladas; de jóvenes que se comían sus credenciales mientras estaban ocultos en algún departamento para no ser identificados como estudiantes; de soldados que descalzaban y desnudaban a los líderes, o rapaban las cabezas de los jóvenes para humillarlos porque el cabello largo era símbolo de rebeldía, de las golpizas de los soldados contra los jóvenes, de las madres que recorrían morgues, hospitales y cárceles en busca de sus
hijos, una de ellas, la mamá del Búho.

Al otro día la prensa informó que habría poco más de 20 muertos (la cifra osciló entre 24 y 28, según la fuente) y Díaz Ordaz reconoció 27 muertos. A lo largo de las décadas se manejaron cifras enormes: la periodista italiana Oriana Fallaci, herida en la masacre, dijo que hubo más de 500 víctimas y el diario británico The Guardian reprodujo esa cifra. Se habló de un parte de guerra que reportaba 504 asesinados y diarios mexicanos han especulado hasta con 700 caídos. La Fiscalía Especializada en Delitos del Pasado, la FEMOSPP, tras una investigación rigurosa, comprobó 60 muertos y 10 desaparecidos. “500 muertos fue una versión amarillista, estridente, que lejos de servir al Movimiento le sirvió al Estado”, sostiene Joel Ortega. Y acaso tenga razón, porque si algo queda claro fue que la masacre de Tlatelolco tuvo como objeto infundir terror entre la población, y una cifra tan grande provocaba un terror más paralizante.

Archivo de Esther Montero (1968-1972). Archivo Histórico de la UNAM.

Al otro día, el 3 de octubre, la Ciudad Universitaria lucía vacía. “Si creen que hemos claudicado regresen cuando estemos muertos”, decía una pinta que leyó Amalia Zepeda en un muro, antes de entrar a la Escuela de Economía y ver que la asamblea tenía menos de 15 personas. Josefina y Amalia oyeron el rumor de que el ejército tomaría Ciudad Universitaria por segunda ocasión y corrieron a casa. “Yo sí quedé traumada por el ejército”, me dice Amalia 50 años después, “todos vimos cerros de muertos. Necesitamos una verdad histórica: la UNAM y la historia necesitan recuperar eso, porque es importante saber qué pasó con esas víctimas. Hay una deuda que saldar antes de que nosotros muramos”, me dice.

La masacre logró su objetivo: en los hechos el Movimiento Estudiantil quedó derrotado: se terminaron las marchas, languidecieron las brigadas y las asambleas, y México pasó de la rebeldía juvenil al éxtasis olímpico. Las Olimpiadas empezaron 10 días después, el 12 de octubre. Por unas semanas Josefina Alcázar se olvidó de la lucha.

Dos de sus hermanas eran edecanes en los Juegos, y de pronto toda su atención se volcó a la fiesta olímpica. Aunque de repente, un buen día, de las propias Olimpiadas vendría una sacudida: en la ceremonia de premiación de los 200 metros planos, los atletas afroamericanos Tommie Smith y John Carlos, primer y tercer lugar respectivamente, levantaron el puño envuelto en un guante negro mientras sonaba el himno nacional de los Estados Unidos. Era el símbolo de resistencia de los panteras negras, el movimiento afroamericano que luchaba por los derechos de su raza. Fue un gesto de enorme valentía, que le costó a Smith y Carlos su carrera deportiva, pues a partir de entonces fueron marginados de las competencias profesionales. Ese gesto de los black panthers fue una sacudida para Josefina Alcázar. Le recordó quién era, de dónde venía, a dónde iba ahora que había reinventado su destino. Después de las Olimpiadas Josefina se comprometió con la militancia de izquierda, entró al Partido Comunista, participó, se dedicó a visitar presos políticos en Lecumberri, a llevarles alimentos y cartas escondidas en el tacón de su zapato. El Movimiento estaba vencido, pero la semilla de la libertad ya germinaba.

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