La relación entre periodistas y policías en tiempos del narco

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Joaquín Guzmán Loera tras su extradición a Estados Unidos, 19 de enero de 2017.
Fotografía: ICE, USA.

La periodista y académica de Sinaloa, Patricia Figueroa, encuestó a más de 150 policías y 100 periodistas en Culiacán. Algunos cuestionarios los realizó justo cuando detuvieron las autoridades en México por segunda ocasión a Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, prisionero en una cárcel estadounidense. Estas circunstancias, dice la autora, generaron un ambiente difícil y tenso entre periodistas y policías.

Con los resultados de la investigación escribió el libro “Ética en tiempos de guerra y narcotráfico. Relación policía-periodista”, un trabajo que condensa el análisis de esas encuestas, además de entrevistas y datos de archivo.

En la Aldea de Periodistas presentamos el prólogo, a cargo de Alejandro Sicarios, un veterano periodista de Sinaloa, presidente de la Asociación de Periodistas de esta entidad.

La principal dedicatoria de su libro es para el periodista Javier Valdez, asesinado en Culiacán el 15 de mayo de 2017: «Por las trincheras compartidas», escribe Figueroa, quien ha sido investigadora visitante en la Universidad de Columbia en Nueva York y actualmente integrante de la Red de Investigación «Réseau international Amérique Latine Afrique Europe Caraïbes. Territoires, population vulnérables, politiques publiques», con sede en Limoges, Francia.

 

Prólogo

Alejandro Sicarios

“Estuve por algunas horas suplantando la función de conejillo de indias frente a Patricia Figueroa en los albores de la investigación académica, que es el origen de este libro. No fue fácil, lo confieso. Ella me sometió al mismo rigor periodístico al que ceñía a sus entrevistados en la cabina de radio, queriendo encontrar respuestas y yo sólo le daba más preguntas.

“Los periodistas estamos acostumbrados a someter a los demás al escrutinio, no a ser nosotros quienes estemos bajo la lupa. Mucho menos si la lente nos la pone encima alguien que, lo sabemos, difícilmente naufraga en la liviandad de lo insulso. Somos los inquisidores, nunca los indagados, eso está claro.

“Sé por experiencia propia que sumergirte en las profundidades de las aguas bravas del periodismo y la actividad policial implica asumir riegos. Uno de ellos es ser arrastrado al cauce fantasioso donde ambos sujetos de estudio prefieren ser víctimas, cuando su esencia real es la de cumplir, así a secas, sus obligaciones: la de informar, por parte del reportero, y la de cuidar a la gente, en el caso del gendarme.

“Por eso, en principio creí ambigua, tal vez hasta ociosa, la labor que Paty Figueroa se echaba a cuestas. En lo enigmático de lo periodístico y lo policial se agazapa la trampa de la martirización y la labia de la pureza, el «yo no soy corrupto, otros sí lo son» que exime e inculpa a la vez, o la ruta de escape que significa la violenta arremetida verbal contra lo malo, en este caso el narcotráfico como el flagelo de nuestro tiempo.

“A los meses la volví a encontrar y me habló de su obra “Ética en tiempos de guerra y del narcotráfico. Relación policía-periodista”. De nuevo rondó en mí el síndrome del periodista arisco, que vuelve escéptico a quien primero fue autodidacta y luego abrevó en la teoría. Fue breve tal recelo porque conforme avancé en la lectura me situé en la misma expectativa que inspiró a su autora.

“Figueroa nos refresca la memoria sobre los orígenes y génesis del narcotráfico, avatar condicionado al insano acompañamiento de Estados Unidos. Fue primera la necesidad de enervar a los soldados en los tiempos álgidos de la Segunda Guerra Mundial, embrión de todas las guerras que derivan de la producción y trasiego de drogas.

“De ahí viene todo. El recuento en esta investigación académica y periodística recorre las tesis respecto al modelo policial internacional, con un alto obligatorio en Culiacán, una de las ciudades más vio-lentas del mundo. Por encima de la debilidad táctica e institucional, la investigadora topa con el hallazgo de la parálisis de la corporación preventiva originada por miedo, por cooptación o porque «tampoco se trata de que nos maten y ser héroes».

“La ética, el dinero o la vida son la disyuntiva diaria de la policía sinaloense. También son encrucijada y celada perfectas. Algunos elementos por corrupción congénita al tener la «mordida» como único referente existencial, sin embargo otros, los más, debido a que el Estado los abandona en un nivel salarial, socioeconómico y cultural donde la vía más asequible es la corrupción. Ya lo conjeturábamos sin pruebas; Patricia Figueroa nos lo demuestra en esta investigación académica y periodística.

“El estudio del factor periodista arroja indicios igual de sorprendentes. Eso es mucho decir, tomando en cuenta que el careo es entre iguales. Figueroa camina sin resbalar en el escurridizo terreno donde a diario se planta el comunicador; evita ponerse a los pies del oficio que la apasiona y extrae a fuerza de tirabuzón las respuestas pertinentes.

“Las cosas que se saben, pero que no se escriben, la seducción negada del «chayote», el narco que controla las redacciones (¿no a reporteros?) y los políticos erigidos como el mayor peligro, son las evasivas históricas al ejercicio autocrítico, al examen ético y la mea culpa. En estas páginas se obtiene la representación antropológica de traumas y prejuicios que estorban a la serena revisión de conciencias e inhiben el deber ser del periodista.

“A veces, la relación entre periodistas y policías resulta difícil de separar, no se diga escudriñar en esa parte que los une, o los aparta, como siameses que trajinan en un contexto de violencia, salteando balas, riesgos, tentaciones y hasta protagonismos. Com-parten el miedo y también la información, con la diferencia de que uno la publica y la mercantiliza y otro la encripta o la trueca por inmunidades.

“Ni el periodista ni el policía conciben, menos asumen, la ética desde la concepción filosófica. El policía la reduce a la resistencia a tomar el dinero que no le corresponde. El periodista la atiende en el sentido romántico de ser honesto consigo mismo y ante los demás, enfoque místico más que moral. En dicho cruce de definiciones ajustadas al «yo creo», huidizas a la definición metafísica del término, ambos se ponen a salvo.

“Se infiere en el estudio de Paty Figueroa que el policía podría no ser corrupto, pero sí incurrir en actos o actitudes que lo alejan de la ética; sin embargo, en su esquema mental se cree ético, se asume moralista porque reduce el alcance del concepto a evadir la «mordida». Con el periodista sucede lo contrario: sabe qué es la ética porque curricularmente lo aprendió en el aula y también la circunscribe a marcarle el alto al «chayote», aunque incide en comportamientos antiéticos que en su propio modelo conceptual lo eximen de transgresión moral alguna.

“Otro valor furtivo en la presente investigación es la atemporalidad que ocasiona el plus del semper altius, pues la vigencia de lo aportado, sin ser pretensión de la autora, traspasa los límites que el tiempo establece. El resultado es más alto que cualquier barrera cronológica, ya que la indagación, por ejemplo, se hizo muchos meses antes de que ocurriera el asesinato del periodista sinaloense Javier Valdez y cualquiera pensaría que se planeó o partió de ese momento doloroso y brutal.

“La perfecta puntualidad del encuentro con el mundo real del periodismo, con los claroscuros que marcan a diario a esta profesión-oficio, con aquello que sólo puede saber quien ha sido parte de la legión de la prensa, con la hermandad incómoda entre reporteros y policías, con el desasosiego de no saber si las políticas editoriales son las adecuadas en el manejo del tema de delincuencia organizada.

“Es ahí donde Patricia Figueroa se autodelata como periodista antes que ser investigadora académica. Se resuelve el acertijo de si fue primero la divulgadora de noticias o la doctorante con varias estancias de investigación en la Universidad de Columbia, cuya tesis remueve un tejido poco acostumbrado a ser explorado. Policías y periodistas diseccionados como es poco común que ocurra, o insólitamente metidos al cuarto de guerra para que jueguen a ser estrategas contra el narco.

“Se requieren destreza y puntería quirúrgicas. La investigadora extrae sólo las piezas que somete a estudios y tras analizarlas las reinstala meticulosamente en el sitio que les corresponde. Corre el riesgo de tocar algún tejido u órgano vital, con la consecuencia de que muera la hipótesis misma que fundamenta el trabajo de campo.

“Ahora celebro que lo haya logrado. Este libro es testimonio inédito de la inmersión, a puro pulmón, en la simbiosis periodista-policía, tensada por la atmósfera de cárteles del narcotráfico que rompieron el pacto sórdido de no agresión a la prensa y que acumulan como trofeos de caza los cadáveres de efectivos policiacos.

“Y deduzco que ante el objetivo alcanzado, qué importancia tiene que en algún momento Patricia Figueroa me haya hecho sentir como ratón de su laboratorio social”.

 

 

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